Lo mal que se vive, lo bien que se está – Carnaval de Gualeguaychú (2009)

– Hola Nely, buen día.
– Hola Agos ¿Cómo estuvo el finde?
– Bien, me fui a la cosa con unas amigas y volví anoche ¿Vos qué hiciste?
– ¡Ah, mirá vos que lindo! Se ve que no la pasaste tan bien como Laura -y se ríe. Yo me quedé en casa y fui a ver a Juli a un partido por Ituzaingó.
– ¿Porqué decís lo de Lau?
– Entrá a su oficina y fíjate.

La cara de mi jefa de 29 años decía un montón, era lunes a la mañana – a las 06:55 de la mañana – y estaba feliz. Apoyé mis cosas en una silla y los brazos sobre su escritorio, la miré intimidante y le dije: ¡Contame YA!

– ¡Ay, Agos! No sabés… ¿Viste que te conté que me iba el finde a no sé donde? Bueno, era Gualeguaychú, no sabes lo bueno que estuvo. Encima conocí a un flaco, que es de acá y anoche me habló, y… ¡Pará! Tenés que ir… Enserio que te va a encantar, todo el día es una fiesta, y en la calle están los autos con música, y la gente toda por ahí haciendo cualquier cosa, ni se puede caminar de la gente que hay, pero están todos divertidos, lleno de pibes, joda por todos lados, el río ahí al lado re lindo, no sabés lo que es el atardecer, y es re cerca… Enserio, tenés que ir.

Su excitación me pareció exagerada -más para un lunes a la casi madrugada-, se había ido un finde a una provincia de por acá y volvió como si hubiese estado en Las Vegas; pero yo andaba en plan de matar penas estando de fiesta, y después de una descripción como esa, sólo necesitaba ir y ver con mis ojos lo que había ahí…

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Gualeguaychú, Entre Ríos, Argentina – Febrero 2009

Al año siguiente, en febrero del 2009, me fui a Gualeguaychú con Pio -una amiga del secundario que muy pronto se convirtió en mi copiloto de aventuras. Fui al trabajo el viernes a la mañana con el baúl cargado con una mochila, una carpa, dos aislantes y dos bolsas de dormir. Dejé el auto en un estacionamiento 8 horas, y mi amiga me pasó a buscar con su mochila por la puerta del estudio jurídico a la hora que terminaba de trabajar. Caminamos por microcentro hasta el auto, manejé guiada por el GPS – sin tener la menor idea de para qué punto cardinal me dirigía-, y menos de tres horas después llegamos al tan famoso Gualeguaychú. Es verdad, era un caos de gente. Eran las seis de la tarde, y fuimos muy ilusas al pensar que encontraríamos lugar en Solar del Este -el camping más famoso del lugar- un viernes de pleno carnaval. Más cerca del centro quedaba Morena, y la otra opción que nos dijeron que teníamos para anclar la carpa era Ñandubaysal, que era más lindo pero más lejos. Cuando nos dirigíamos para el segundo camping, nos agarró un embotellamiento de media hora sobre el puente Méndez Casariego que cruza uno de los brazos de río Uruguay, asique hicimos una “U” con el auto, volvimos para la zona de bares y boliches y encaramos para Morena. Habíamos terminado en el que -después de muchas idas a Gualeguaychú y de probar todos los campings- se convertiría en mi favorito.

En Morena había cola, como en toda la zona costera al río; éramos un montón de gente visitando un sector muy acotado de una provincia que sólo tiene este caudal de movimiento durante cuatro fines de semanas al año. Pio fue hasta el kiosko a comprar dos Quilmes de pico ancho mientras yo hacía la cola para entrar. Para cuando llegamos a la garita donde nos teníamos que registrar ya habíamos ido varias veces las dos al kiosko por más cerveza y -obvio- estábamos un poco borrachas. Nos costó un buen rato aceptar el hecho de tener que pagar la noche del domingo si ya no íbamos a dormir ahí, pero sólo porque queríamos revelarnos a algo que era obvio que no tenía discusión y el alcohol incentivaba la pelea. Teníamos la plata -a diferencia de otros findes en los que después caí sin un peso-, y entendíamos la lógica del negocio, pero todavía teníamos la furia de la ciudad. Pagamos las tres noches después del berrinche, y la estadía del auto -también por tres noches-; después manejamos un rato por adentro del camping sin poder decidir cuál era el mejor lugar para poner la carpa, estalladas de risa.

Cuando un cacho de pasto -no tan diferente a los otros- nos pareció bien, estacionamos, destapamos otra cerveza para festejar que llegamos, y nos tuvimos que enfrentar al reto de armar la carpa. Miramos la bolsa incrédulas de que pudieran caber todas las piezas para albergarnos ahí adentro, la abrimos y la dimos vuelta para que caiga todo y veamos qué hacer con las partes. Cuando estuvo todo en el pasto prendimos un tabaco para pensar por dónde empezábamos. Por suerte, antes de apagarlo se acercaron uno pibes que venían viendo nuestro show y sonriendo preguntaron: “¿Quieren que las ayudemos?” Nosotras re les sonreímos, y sólo para que nos sintamos tan inútiles nos dejaron poner el cubretecho -que casi ponemos al revés. Lo bueno es que aprendimos, y fue a única vez que necesité ayuda para armar la carpa.

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Camping Morena, Gualeguaychú, Entre Ríos, Argentina – Febrero 2009

Ese finde también aprendí la importancia de buscar la sombra antes de estacar, porqué hay bolsas de dormir de altas y bajas temperaturas, y a dejar algo de tomar sin alcohol para la mañana siguiente. Todo lo aprendí después de haberla pasado tragicómicamente mal.

Mi ex jefa no había exagerado la descripción de Gualeguaychú para nada. El primer día me levanté en un caldo que me derretía dentro de la carpa entre las nueve y las diez de la mañana, en medio de un montón de otro montón de zoombies que salían de sus carpas sabiendo que tenían que activar o morir, y se dirigían al río en busca de esa capacidad curativa que tienen las aguas; para el medio día ya estábamos todos repuestos de energía en la misma playa donde la música empezaba a estallar y los juguitos de frutan daban paso nuevamente al alcohol. Entre las tres y las siete de la tarde la playa se convertía en una verdadera fiesta; los márgenes del río quedaban reservados para los que buscaban un poco de calma, y la arena adyacente a la barra era una pista como la de cualquier boliche al que haya ido, sólo que la gente acá estaba en maya, al aire libre y con el sol a pleno.

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Camping Solar del Este, Gualeguaychú, Entre Ríos, Argentina – Febrero 2009

Los personajes con los que nos cruzamos eran realmente personajes, la gente estaba desorbitada, eufórica y desinhibida. Como si en esta parte de la provincia de Entre Ríos todo estuviese permitido durante el carnaval y mientras cayera espuma. A las ocho la playa se empezó a vaciar porque muchos se iban para el corsódromo, para las nueve quedamos los que no teníamos necesidad de cortar. Nueve y media cerró el bar, y nos incentivó para ir a bañarnos y comer.

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Gualeguaychú, Entre Ríos, Argentina – Febrero 2009

Esa ducha fue algo casi tan sanador como la metida al río de la mañana, el tiempo en Gualeguaychú volaba, pero dejaba rastro. A las doce ya habíamos terminado de comer y salimos a la calle. Caminamos tres cuadras con el río pegado a mano izquierda, y nos encontramos con la misma situación de la tarde: fiesta. Cinco cuadras de bares en la costanera eran la gran barra de los que bailaban en la calle, la vereda era donde ibas si no querías que te tiren tanta espuma, y la baranda del corredor de al lado del río era como el vip, porque te podías sentar. La cantidad de gente era impresionante y la fiesta se extendió hasta que dejó de ser de noche. Nos fuimos a dormir sabiendo que no habíamos resuelto el tema de la sopa matinal, asique en dos horas íbamos a amanecer devuelta, en la misma secuencia. Repetimos el día idéntico hasta las 21 horas, porque aunque sabíamos que al otro día había que ir a trabajar, la noche la habíamos pagado y nos parecía disfrutar el día al máximo. La vuelta fue dura, por suerte no eran tantos kilómetros…