En-amor-a la libertad (La Habana)

Enero del 2011; me voy a Cuba con mi mamá después de tres meses de haberme mudado sola a mi primer departamento. Vivo en un dos ambientes en Villa Devoto, un barrio con aire de barrio y -por ahora- calles de adoquín, en Capital Federal, a 12 cuadras del colegio al que fui desde preescolar hasta 4to año. Soy voluntaria en Greenpeace Argentina hace algo más de un año, estoy por empezar segundo año de abogacía en la UBA, trabajo en el Citi Bank y duermo 5 horas por noche. Tengo 24 años recién cumplidos y siempre viví en Capital Federal, aunque pasé dos meses viajando en tren por Europa a los 20 años con el que hoy es mi ex, e hice varios viajes en auto por Argentina, y Uruguay.

Llegamos a la Habana, perdón, llegamos al Aeropuerto Internacional José Martí y de ahí nos llevó un taxi hasta el hotel Melía Cohiba, a una cuadra del mar, para la hora del medio día. Dejé la valija en una habitación más grande que todo mi departamento, en el piso 19 -desde donde veíamos el agua azul y gran parte de la ciudad- y salimos a caminar en busca de un almuerzo por el  Malecón que nos quedaba a media cuadra y nos conectaba con La Habana Vieja. Volvimos cansadas para la hora de la cena, y al otro día salimos bien temprano en el bus turístico con el cual nos dimos el lujo de bajar en todas las paradas, y aprendimos de cada lugar al estilo nerd. No me olvido más: en un trayecto repetido arriba del bus mi mamá intercambió el auricular de mi iPod verde donde sonaba un tema de Ska-p que no recuerdo cuál era, por el suyo donde Ismael Serrano empezaba a cantar “Papá, cuéntame otra vez”. Y de repente él cantó: “… de aquél guerrillero loco que mataron en Bolivia, y cómo su fusil ya nadie se atrevió a tomar de nuevo, y cómo desde aquel día, todo parece más feo…”. Mi cara quedó blanca como una carta y mis ojos como el dos de oro, piel de gallina… Venía de estar en  La Plaza de la Revolución

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Ciudad de La Habana, Cuba – Enero 2011

Para cuando terminó de sonar el tema yo tenía los ojos llenos de agua, fue uno de esos momentos donde la conciencia hace clic y empieza a mirar distinto lo mismo que veía antes – ya había tenido experiencia con los clics en la casa de Ana Frank y en el terrible Sachsenhausen-, pero no dejaba de impresionarme la tenacidad con la que se modificaba el enfoque… De repente, lo exótico se volvió cotidiano, la historia dejó de ser un cuento y la actualidad estaba obstruida por el pasado. Las buenas ideas se llevaron muchas vidas y las ganas habían dejado una realidad difícil de festejar ¿Qué había fallado? Una parte de mi – a la que Greenpeace venía contribuyendo mucho desde el pacifismo- creía que el problema fue el medio, la lucha armada nunca va a llevarnos a buen puerto; la otra entendía que -con lo estudiado- todavía no podía dar fe de un mejor camino para derrocar una dictadura. En mi primer año de facultad ya había cursado la materia Derechos Humanos – aunque todavía no sabía que años más tarde iba a convertirse en mi orientación curricular- me sabía de memoria los pormenores de ambas guerras mundiales, los principios humanitarios y todos los -supuestos- esfuerzos de la comunidad internacional para que el derecho a la vida digna y la libertad no se vean afectados en ninguna parte del globo… ¿Tan novata en la carrera me tenía que a dar cuenta que este sistema de leyes quedó obsoleto? La realidad de Cuba era la realidad del mundo – una realidad de falso bienestar donde unos pocos escriben las normas que tienen que sufrir muchos por el sólo hecho de ocupar un lugar geográfico-, sólo que ellos expresamente no podían elegir otro escenario. El artículo 5 de su Constitución dice: “El Partido Comunista de Cuba […] es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”. Y el 62 agrega: “Ninguna de las libertades reconocidas a los ciudadanos puede ser ejercida contra lo establecido en la Constitución y las leyes, ni contra la existencia y fines del Estado socialista, ni contra la decisión del pueblo cubano de construir el socialismo y el comunismo. La infracción de este principio es punible”.

A partir de ahí -del clic-, y durante los próximos dos días interrogué a todos los cubanos que tuve al alcance mientras recorríamos a pie la añejada ciudad; cuando tenía oportunidad les preguntaba: ¿Vivís bien?, ¿Te gustaría otra revolución?, ¿Qué es lo bueno de este sistema?, ¿Quién es el malo?, ¿Vos cómo harías las cosas? ¿Te gustaría irte? Tuve respuestas de todos los colores y en todos los tonos, pero por unanimidad coincidieron en que la policía les prohibía hablar conmigo. Ahora sí, habíamos llegado a la Habana, escenario de la única opción anti-sistémica a la que me había enfrentado cara a cara, ciudad sin publicidad donde la venta se discrimina por nacionalidad -y los derechos también. Llegué al son de la vida coartada, a la rumba de transpirar para comer y sonreír para olvidar; o ahí creí que había llegado…

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Callejón de Hamel, La Habana, Cuba. Enero del 2011.

 

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