La costa de Buenos Aires, y la realidad que no ve el turista

Hace más de un año y medio que me mudé a la costa de Buenos Aires, y si bien había estado de visita en más de una oportunidad durante todos los años de mi vida por estas playas, fue viviendo acá que descubrí la vida que se nos esconde en verano.

MAS CUATRICICLOS, MENOS MEDANOS. TOMEMOS CONCIENCIA.

La costa de Buenos Aires es el lugar de veraneo de muchos de los que vivimos en Argentina; durante enero, febrero y la primer quincena de marzo, las orillas se llenan de reposeras, sombrillas, juegos de playa, picnics y cuatriciclos. Los turistas nos proponemos disfrutar de estas ciudades balnearias que parecen encenderse con el sol de verano, y reparamos bastante poco en lo que había antes de llegar…

Mis largas caminatas durante el invierno por el cordon de dunas que bordea las costas, me mostraron una parte de la playa que antes no conocía y que ahora necesito contarte, para que la ciudes conmigo.

Lo que la mayoría de los turistas no ven -y lo que yo tampoco vi hasta que disfruté de La Costa en invierno- es todo lo que hay en la playa, cuando no hay gente. Como buena porteña, muchas veces llegué a un despoblado y lo primero que pensé es “no hay nada”;  sin poder prestar atención a todo lo que no está de moda que nos llame la tención: la vida más allá de las personas.

Fuera de temporada de verano, cuando no hay gente, no es extraño que una tonina siga tus andar por la orilla a menos de 15 metros -mar adentro- de distancia en paralelo, es común ver pequeños reptiles absorviendo los rayos del sol y encontrar nidos con sus huevos enterrados en la arena, son cientos las aves que se dejan ver sobrevolando el mar, se nota por semana el avance de la población de almejas, y despues de cada tormenta, basta con hacer 20 metros por la orilla para encontrar de esos caracoles que guardan el ruido del mar. A veces, también, si te quedas sentada un largo rato en el mismo lugar, y hay viento este, podés ver una aleta de tiburon no muy lejos de donde uno entra bañarse…

¡Hay tanto cuando “no hay nada”! La mayoria de los restaurantes cierran, quedan pocos comercios abiertos, ningun parque de diversiones abre sus puertas y tampcoo ningun balneario… Pero ¡Hay tanto! 

La arena parece darse cuenta de que los que la andamos no queres ensuciarla y se mantiene impecable, al mar parece olvidársele la cercanía con el Río de la Plata en la Bahía Samborombón, el horizonte es el desayuno de todos los días, y el ecosistema contagia su armonía… Realmente te aconsejo visitar la costa fuera de temporada, y con los ojos bien abiertos.

Este posteo, además de para vos, lo escribo para mi. Para no olvidarme que el que llega no conoce, que nuestras reglas no tienen porqué ser validas en todos los ambientes, y que es mi responsabilidad – y la tuya en lo que te compete- estar más atenta. No quiero volver a ser irresponsable por ignorar, y no te aconsejo que a vos también te pase.

Los cuatriciclos y 4×4 saltando médanos dejan de ser divertidos cuando aplastan la vida costera y erosionan las dunas; las fiestas en la playan dejan de ser cool cuando los restos son devorados por el mar; las motos de agua pierden la adrenalina cuando lo que se desafía es el hábitat de los peces y cetáceos; los fogones dejan de ser místicos cuando producen incendios; jugar a sacar almejas es ser responsable de su extinción; visitar un acuario (o zoológico marino) es siempre cometer un crimen.

"Sólo después que el último árbol sea cortado, sólo después que el último río haya sido envenenado, sólo después que el último pez haya sido atrapado, sólo entonces nos daremos cuenta que no nos podemos comer el dinero" — Indios Cree

Si llegaste a este posteo, muy probablemente disfrutes de viajar, y si es así, más obligad@ estás a cuidar el mundo que tanto querés descubrir.

Se un viajer@ consciente, SI TE GUSTA LA PLAYA, CUIDALA 🙂

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