Intercambio de libros y besos en Villa Traful

Llegué a Villa Traful a eso de las 5 de la tarde, la ruta desde el Lago Correntoso era de parada obligada cada no más de 8 kilómetros, con razón es tan famosa la ruta de los Siete Lagos… Mis ojos no podían creer tanta belleza, intensidad y armonía… El recorrido fueron 57 kilómetros, pero los hice en tres horas y media de auto.

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Lago Espejo Grande, Ruta de los Siete Lagos, Neuquén, Argentina – Febrero 2016

La idea principal era dormir en San Martín de los Andes, pero por razones que cuento al final del post “Dos noches en el Lago Correntoso” decidí tomar un desvío de la Ruta Nacional 40, e irme por la ruta provincial 65, hasta Villa Traful. Esta última ruta es un sueño, vas andando por suelo de barro con raíces levantadas, a no más de 15km/h, entre medio de un bosque andino que te abraza a cada paso. A San Martín de los Andes fui dos días después.

Algo que me cuesta medir en general, y más cuando estoy de viaje, es tener en cuenta en qué día de la semana estoy; y adecuarme a eso. Llegué un sábado, uno en particular donde a todos los demás también se les había ocurrido estar ahí. No conseguía lugar por ningún lado. Yo viajaba con Schopenhauer -mi perro- y las opciones se reducían a camping, o camping. Después de tres negativas, en el cuarto -que encima creo que era el último que me quedaba por consultar- me dicen que, tienen todo ocupado pero que hay una parcela donde sólo hay un chico con una carpa unipersonal que se iba a las 7 de la mañana del otro día, y me pregunta si no me molestaba compartirla con él. Le dije que no me molestaba y fue a preguntarle al chico si le molestaba compartir la parcela conmigo, me dijo que la acompañe.

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El kiosko/bar que quedaba enfrente del Camping Organizado Vulcaneche, acá pasé mucho tiempo hablando de la cultura mapuche, Villa Traful, Provincia de Neuquén, Patagonia Argentina – Febrero 2016

¿Esto es enserio? “El chico” medía 1,90, ojos verdes, pelo corto con rulitos rubios, estaba viajando en bicicleta, y cuando la sra lo interrumpe para preguntarle si le molestaba que yo le invada media parcela, él estaba leyendo un libro. La realidad superaba mis expectativas por mucho, y ahora que ya tenía resuelto dónde quedarme, mi única preocupación mutó a mi cara, que se enfrentaba a un sexo masculino por arriba de los 8 puntos, y no veía un espejo desde hace por lo menos una semana además de venir de vivir dos noches en la playa. Armé la carpa, até a Schopen y me fui a bañar.

Salí de las duchas convertida nuevamente en la mujer que ya no se escondía abajo de toda la tierra, con olorcito a perfume, los dientes mentolados, y la ropa… la ropa bueno, en la mochila todo estaba arrugado. Por suerte también le gustaban los perros, así que cuando llegué a nuestra parcela lo vi jugando con Schopen que estaba atado esperándome. Solté a Schopen y nos pusimos a charlar.

¿Viste cuando coincidís en todo? Bueno, así. Se llamaba Franco y era dos años más chico que yo, le encantaba leer – seguro que ahora también- y estábamos en la misma onda: filosofía. Intercambiamos larga charla sobre autores y fundamentos hasta que fuimos por un par de cervezas al kiosko/bar de la foto de arriba. Lo del par es literal, y eran de medio litro, la sóla situación ya embriagaba, asique no necesitamos mucho estímulo. Schopen ya estaba hecho una bolita arriba de una campera mía, en el pasto, cerquita del fuego, al lado de la mesa de troncos en la que estábamos hablando.

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Schopenhauer, mi copiloto, con el Lago Traful de fondo en Villa Traful, Provincia de Neuquén, Patagonia Argentina – Febrero 2016

Me contó que recién terminaba de leer El Mundo de Sofía, que es el ABC de la literatura filosófica. Yo había escuchado mucho hablar de ese libro, me lo habían recomendado, y se lo dije, él no lo dudó un segundo y me lo regaló. Yo que no quise ser menos, y ya le había contando que mi libro favorito es Ilusiones, de Richard Bach, asi que fui hasta el baúl de mi auto y saqué una copia de este ejemplar que siempre paseo conmigo y se la regalé.

Después del intercambio literario, llegó ese abrazo que los dos buscábamos hace rato. Besos bajo un cielo estrellado a 200 metros del Lago Traful, y pedazos de tronco ardiendo a un costado de mi perro y las carpas. Como dije antes, la realidad superaba por mucho mi expectativa.

Él planeaba irse a dormir temprano porque al otro día lo esperaban 30km de ruta en pendiente a pura tracción de bicicleta; tenía que salir a las 7 de la mañana para poder llegar a destino y descansar en las horas de sol fuerte. Yo ya lo había distraído hasta las 3 y media de la mañana. Fuimos juntos hasta las duchas, donde también estaba el baño, a unos 100 metros de la zona de carpas para lavarnos los dientes; a la salida del baño otro abrazo nos hizo demorar… Es que el contexto era tan lindo… Lamento haber estado tan distraída como para olvidarme de tomar alguna foto más descriptiva del lugar.

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Lago Traful, Provincia de Neuquén, Patagonia Argentina – Febrero 2016

En realidad no lamento nada de esa noche. Las imágenes están en la cabeza y la sensación me vibra cada vez que la pienso. Cuando volvimos a la zona de carpas, nos despedimos con otro beso y cada cual entró a la suya. Me hubiese gustado que él duerma en mi carpa, pero no para dormir con él, para yo dormir en la suya y probar la sensación de dormir en ese símil sarcófago con respiración. Las carpas unipersonales son algo bastante polémico para mi sensación de encierro, pero una noche me la podía re bancar… No se lo ofrecí por vergüenza.

A la mañana siguiente escuché cuando se iba, pero no salí de mi carpa; primero porque era demasiado temprano y segundo porque ¿Para qué? Él se estaba yendo y nos habíamos despedido anoche, hubiese sido mejor plan si decidía no irse… Aunque así estuvo bien también.

Dos horas después, cuando yo decidí salir al mundo y abandonar mi guarida estacada, tenía un papel en la mesa con su nombre y apellido, abajo de una de las botellas de cerveza para que no se vuele. Donde estábamos no había señal de wifi, y donde pasé las próximas tres noches tampoco. Lo agregué a Facebook cuando yo ya estaba por llegar a Mendoza y le ofrecí de ir juntos a El Bolsón, ya había estado por allá pero algo me decía que tenía que volver; él no quiso cambiar su recorrido porque no le daban los tiempos para volver a trabajar.

Hoy se de él que me gustaría volver a cruzarlo en la ruta.

 

 

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