Yavi, la soledad de la Puna, y una noche llena de estrellas (Jujuy, Argentina)

Empecé a manejar por la Ruta 9, no estaba segura de a dónde iba a llegar, conmigo estaban Schopenhauer y Eureka (dos de mis perros), una mochila con un cuaderno, una cartuchera, otro buzo, otro par de medias, otra bombacha, el cepillo de dientes y de pelo, pasta de dientes, shampoo, crema de enjuague, dermaglós, varias dudas, y la computadora. Podía ir a cualquier lado...

Yavi, Jujuy, Argentina - Junio 2019

Frené a almorzar en Purmamarca, a sólo 50 kilómetros de donde había arrancado. Esa mañana tuve una conversación - de esas conversaciones que hacen pensar/cuestionar/replanter(te) todo-, y salí en busca de sol y silencio. Comí dos empanas de queso, una de humita, y una tortilla capresse; y tomé una Me echó la Burra rubia de 330 ml. Manejé un poco más por la Ruta 9, y entré en el pueblo de Maimará, pensé si me quería quedar a pasar la noche ahí, y decidí que aunque me encantaba la idea de amanecer viendo La Paleta del Pintor, y aún teniendo amigos en Tilcara, necesitaba un silencio nivel Puna. Me acordé que Lule - una amiga que conocí en Jujuy - me había dicho que no me podía ir de acá sin conocer el pueblo de Yavi, y hasta ahí fui. Manejé 225 kilómetros más al norte de donde estaba ahora.

A 16 kilómetros para el este de La Quiaca (paso fronterizo con Bolivia), está la localidad de Yavi, un pueblo de principios del siglo XV que parece detenido en el tiempo. Para acceder al pueblo se debe transitar la ruta provincial 5, que recorre el trayecto del tradicional camino al Alto Perú.

Un vez en el pueblo, respiré hondo, y recordé porqué pensé en la Puna...
Nada se movía. Ni el viento arrastraba cosas, ni la brisa movía ramas, ni las personas parecían habitarlo. Calma, silencio, sol, paz... Puna.

Yavi, Jujuy, Argentina - Junio 2019

Yavi, Jujuy, Argentina - Junio 2019

Yavi, Jujuy, Argentina - Junio 2019

Yavi, Jujuy, Argentina - Junio 2019

Llegué cerca de las 15:30 horas, un domingo, en plena siesta. Di una vuelta con los perros por la calle donde está la iglesia San Francisco de Asís, la plaza, la Casa del Marqués de Tojo, y el camping municipal.
Un señor mayor que trabaja en el almacén que me vendió galletitas de chocolate, me recomendó un paseo que llegaba a unas pinturas rupestres a la vera del río...

Comí las galletitas en un tobogán rojo que parecía bendito por un rayo de sol intenso, después fui a buscar un hospedaje, y dejé a mis perros en la habitación que le alquilé a Mari sobre calle Belgrano. Me puse el buzo que llevaba de más y las otras medias también, dejé la computadora cargando, y fui caminando a ver las pinturas rupestres.
Encontré el camino al final de la calle Güemes, la vera del río, y el cartel con la flecha que indicaba para dónde quedaban las pinturas rupestres, pero no las vi. Tal vez, porque mi atención estaba en otro lado. Quería pensar, y tanto silencio hacía que todas las ideas griten juntas en una cabeza - que estaba guiando a mis ojos para poner los pies entre las piedras.
El paisaje me estimuló a frenar recién cuando subí la cuesta de la loma que estaba dando sombra al camino desde que salí. Me senté en unos bancos a los costados de una sombrilla de paja en una construcción moderna, y devuelta tocada por los rayos del sol, pude frenar la cabeza, y disfrutar de lo que había ido a buscar...
Cuando los rayos de Febo ya no salían por el relieve de las montañas, volví a la habitación que había alquilado, donde me esperaban Schopen y Eureka. Chequeé el trabajo en la computadora, avisé -por internet- a mi familia que estaba bien y sin señal, me di una ducha caliente, y me dispuse a transformar los gritos de mi cabeza en palabras escritas en un cuaderno.

La cita que más valoro de esa tarde es: el lugar en el que tengo que estar, es donde no tengo que amoldar mi Ser para pertenecer.

A la noche, cerca de las 21:30 horas, salí a cenar y a ver las estrellas. No recuerdo haber sentido tanto frío en ningún otro lado, en minutos los dedos perdieron articulación, la nariz dolía, y todas las partes de mi cuerpo que no estaban tapadas, estaban pálidas; pero hacía años que no veía un cielo tan estrellado...
En la mesa, esperando el menú vegetariano que la Doña del lugar me iba a inventar con todas las verduras que tuviese a su alcance, escribí:

Frío gélido
como nunca sentí.
Duele la nariz
mientras, también,
se escarcha el alma
y se apaga el fuego.
Vine donde vive la soledad,
arriba de los 3.500 m.s.n.m.,
a la altura de encontrar.
Porque no sé donde van
las luces
cuando se va la noche;
ni tampoco donde voy
cuando se acabó el reproche.


Estando en Yavi, sentí esa linda sensación de cuando una hace bien, porque se siente bien, porque le gusta dónde está. Y aunque esta entrada sea de poca ayuda turística, por la situación particular en la que estaba cuando conocí el pueblo - de reflexión más que de excursión - quiero transmitirte que es un lugar hermoso donde merece la pena dedicarse unos días de estadía; sea para "excursionar", o reflexionar, o maravillosamente admirar.

Yavi, Jujuy, Argentina - Junio 2019


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5 comentarios en "Yavi, la soledad de la Puna, y una noche llena de estrellas (Jujuy, Argentina)"

  1. En las gélidas
    Y estrelladas noches de yavi
    Supe amar
    Y concebir la vida
    15 años
    Que son la fuerza del tiempo
    El millar de estrellas sigue ahí
    Tus ojos negros también
    No somos los mismos.
    Pero fuimos audaces.

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